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miércoles, 4 de octubre de 2017

OTOÑO



A primeros de septiembre, estando en mi taller, uno de los colegas con los que comparto nave, el escultor Adolfo Alcaide me regaló tres cajas llenas de óleos y otros aparejos de su madre: Matilde, fallecida el pasado año. “Se están estropeando y secando me dijo, úsalos tú”.

Que me diera las pinturas no me extrañó, los cuatro que convivimos en ese espacio de trabajo hacemos eso constantemente los unos para con los otros, así que cogí las tres cajas y me fui escaleras arriba, a mi taller, a revisar ese ¡tesoro que me acababan de confiar!

Allí había de todo, colores que ya ni se venden, algunos difíciles de encontrar, puede que hubiese tubos de hace más de cuarenta años, aceite de varias clases, de nuez, de lino...

Hice una revisión de todo lo que allí había, y entre todos los tubos encontré una botella minúscula, con un aceite dentro, tapada con un tapón de corcho. No tenía nombre ni etiqueta, aunque por el color yo pensé que era de aceite de nuez.



El tapón no salía de ninguna forma, era tan antiguo que se rompía por todas partes. Finalmente lo pude sacar, con cuidado de que no se cayera ningún pedazo dentro. El esmero con que estaba tapado y guardado el frasco de aceite, me hizo pensar, en lo valioso que debió de ser su contenido para ella, y me preguntaba por que no lo utilizó.

Empecé a repasar las cajas, pensaba en ella, en el esfuerzo, mimo y cuidado que debió de poner en la compra de cada uno de esos elementos tan necesarios para pintar. 

Porque Matilde, debió de ser una mujer extraordinaria, su hijo nos cuenta muchas veces como  aprendió a leer y a escribir sola, que tenía unas manos prodigiosas, y un “ojo” que no necesitaba de metro. La pintura era su devoción, compraba a cuentagotas los tubos, desde tiempos, más y menos difíciles, y hasta muy viejita siguió pintando. Autodidacta, apasionada de Goya, ama de casa, trabajadora, y pintora por las noches, que era cuando contaba su hijo que cogía los pinceles.

Esa semana, casualmente,  con la ayuda de otro colega de taller, yo acababa de preparar y tensar unos cuantos lienzos. Cuando terminé, me quedó un bastidor para el que ya no llegaba la tela, era de de un metro de ancho. 
Así, que cogí tres tejidos distintos (restos de otros), lino, yute, y algodón, y con la ayuda de una aguja y un hilo de cáñamo, los cosí, hasta tener un paño de la medida necesaria, para poder clavar y tensar la tela sobre el bastidor que me quedó. Junté después sus tubos con los míos, y me preparé  para usar los colores de las dos, sacarlos de sus nombres, escarlata, bermellón, púrpura, carmín... colores guardados por años, amalgamarlos con ayuda del aceite conservado.

Este es el lienzo adecuado para verter el contenido de esa minúscula botella pensé...

Algo nuevo, y algo antiguo, restos salvados para ser otra cosa. Tesoros guardados que por obra del milagro de manos como las de ella no se han perdido. Pintura a fin de cuentas.

 Para mi, volverlos a usar ha sido fantástico.



Este es el resultado, una visión del Otoño. 



Otoño. Paloma Souto. (Septiembre, 2017)

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 Tiene tantos ingredientes como la paella...