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martes, 14 de febrero de 2017

El alma en las palmas



Durante los últimos años, anduve ocupada organizando el tejido necesario para poner en pie mi empresa de diseño de autor desde la que pretendo comercializar mi propio producto: una técnica gráfica nueva que finalmente patenté para poder estampar mis dibujos en cristal templado o vidrio templado.

Parte del  esfuerzo de estos años se ha ido en explorar todas las posibilidades de esta técnica y convencer a otros de sus posibilidades, y no ha sido fácil.

Mientras lo hacía sondeaba también mis propias limitaciones como autora, como artista y ahora empresaria, limitaciones en las que por La Providencia incluí la poesía y la escultura, prácticas que ni en mis mejores sueños habría  probado llevar a cabo. Todo esto iba también transformando mi pintura que siempre incorporó materiales en su ejecución y que a la par se iba haciendo cada vez más tridimensional, metafísica y también más escasa.

 Ya metida en lo tridimensional, un día  pensé que podría esculpir un primer modelo de mesa y estampar mi dibujo preferido en ella. Llegué una tarde a mi taller el AR-K, (así se llama) y se lo conté a mis compañeros. Uno de ellos me dio un trozo de poliespán  para empezar con la guía del modelo, cuando lo acabé, otro me dio un trozo de madera con forma de palo y me dijo: toma, empieza.




 Casi me echo a llorar. Pero empecé…y seguí…y al final,  pasados unos meses la terminé.  Preparé la imagen del dibujo para estampar con ayuda de la tercera de mis compañeros de taller, y así nació mi primer mueble de autor. Un objeto útil donde verter todo lo aprendido.

Halita se llama la primera pieza que hice, como la sal de roca. En ella,  en su concepto y ejecución  están condimentados algunos de mis “secretos de cocina".


Ahora llega la parte de convencer y explicar ¿para qué sirve salar con arte y poesía?. ¿Que es lo que hace único a un trabajo, a un trozo de materia, cuando le ponemos ese condimento que es lo eterno, en estos momentos tan difíciles en  que resulta tan complicado distinguir entre  miles de objetos-palabras flotando, o que dicen llevarlo todo en su receta publicitaria?.

Y ¿qué valor tiene algo así? ¿para qué nos sirve?. La respuesta, pienso, es tan sencilla y está tan presente en todo que se nos  pasa inadvertida

 En la mecánica clásica la energía se transforma, pero en el mundo del pensamiento fundamentalmente se trasvasa; se vierte en otro recipiente y permanece allí, en conserva.

Para convertir en materia bella un pensamiento se necesita algo más  que buena disposición y maestría en su ejecución, has de prender lo que se vierte en la fuente de tu alma y de ahí, con mucho esfuerzo trasvasar ese caudal aprendido  a “otro recipiente”, usando como herramienta-trasformador  las palmas de tus manos.  Ese caudal energético es el gemelo del caudal entendido como “bienes de cualquier especie” .
Del alma a la palma y de esta al objeto-recipiente.

Quiero decir que el resultado de aquello que ha sido modulado por unas manos que pusieron su intención en él mientras lo conformaban posee una cualidad energética que lo convierte en algo vivo, diferenciándolo así de otros que solo llevan un sonido mecánico como el de una mal llamada locución: “si quiere esto marque 1 o diga continuar”, algo sin vida porque el que habla es un disco que repite siempre lo mismo sin ninguna intención. Sin huellas.

Y esto vale desde hacer pan o cocinar un pollo para tu familia hasta para darle forma a un trozo de piedra.

¿Pero donde está el valor se preguntaran ustedes?, además del estético o funcional de dicho objeto.

Creo que ese manto energético que se destila de todas las cosas que salieron de las manos con alma configuran una especie de tejido conectivo que, como la fascia del cuerpo humano, conecta tridimensionalmente y forma una red que comunica, previene, repara y protege.

El valor está en la belleza de la intención que configura esa red invisible armonizando nuestro entorno y que redibuja a un modelo de hombre que se está perdiendo, porque su imagen se ha agrandado tanto solo en la forma, que se pixela por los bordes y ya no se distingue lo que alguna vez fue. Y que ya no usa apenas sus manos en conexión con su alma.

Devuelve al ojo que mira la manera de observar con armonía, con una medida justa, una proporción olvidada, ya que estamos perdiendo el modelo natural que le dio origen. Cuando este recuerda estos patrones ancestrales huye de la fealdad de imágenes asociadas a acciones. Del mal ojo.

¿Les parece poco valor?

La belleza de ser útil intenta llenar los artículos de esta empresa que apenas nace. Cada pieza es una singularidad que desde lo más pequeño abarca lo más grande, -la creación artística-

Además me emociona pensar que con una de mis piezas se reviste, se come, se comparte, o se celebra.

Ese es su valor y su pretensión: la de preservar el trabajo nacido de las manos por lo que vierte al medio ambiente. 

Ponerlo en valor, respetarlo, defenderlo y explicarlo.  Nos va el alma en ello